¡Ufff! Ya estoy con el mono de Taizé. Con el inicio de la primavera, ya me empieza a entrar el gusanillo de Taizé otra vez en el cuerpo. Y es que no sé qué tiene aquello que me tiene enganchao desde hace años. Y no sólo a mí, sino a mogollón de peña de todo el mundo y de todas las edades. ¿Cómo es posible que gente tan diferente, de lugares tan diversos, de generaciones distintas... se sientan por igual acogidos? ¿Será aquello un reflejo de la Iglesia que Jesús quiere? Yo sólo sé que allí he forjado grandes amistades que conservo a pesar de los años y la distancia. También incluyo, entre esas amistades, la de Dios; también a pesar de los años y la distancia...
De momento, tengo prevista mi próxima visita a Taizé en julio. Confío en poder ir con muchos de mis amigos y espero conocer a más amigos aún. Y confío en poder rezar, que tanta falta me hace.
Fíjate: después de un largo invierno, se agradece ver el sol (metafóricamente, porque hoy llueve a cántaros), asomarme a la ventana de mi vida y respirar el aire agradecido que me mantiene vivo. ¿Te quieres asomar conmigo? Pues vente pa Taizé, brother!!!